Me encontré con ella una tarde de Junio, entre la primavera y el siempre querer más, entre los pasos apresurados que gobiernan Madrid y la castiza belleza de sus calles.

Llevaba una cantidad desmesurada de ilusión en los ojos, de esa que apuesta por lo propio, de esa que se niega a corromperse por una realidad que siempre se impone, de esa que hay que proteger con tesón y filosofía propia, de esa que se ve atropellada por el eco ajeno tantas veces que recomponerla siempre es un acto de fé.

Caminaba como a quien le preocupa el paso del tiempo y se aferra a exprimirlo al máximo pero mirando en cada paso hacia arriba, hacia lo que aquella calle le ofrecía, en un desafiante «quién da más» propio de aquellos que saborean el mundo y no le dan tregua porque no hay motivos para hacerlo y un sin fin para todo lo contrario.

Hizo una parada en el camino y tras café en mano prosiguió con el recorrido. Aquel olor a granó recién molido siempre la trasladaba a una de las caras de su hogar. Porque sí , tiene más que ver con aquel lugar en el que te sientes bien y al que siempre girarías para volver que aquel en el que residimos.
Pueden coincidir sí y será una suerte, pero no siempre tiene porque ser así. Pero volviendo al término, me gusta visualizarlo como una pieza geométrica con diferentes caras . Una de ellas puede ser aquella canción reflejo de uno de esos momentos que se atesoran en el recuerdo, el olor a pan recién tostado o al perfume de tú mejor amigo… sea lo que sea que ocupe cada cara, todas mantienen un nexo en común : paz.


Compró un ramo de flores y lo guardó con cuidado en el bolso que consigo llevaba y que ya albergaba un montón de cosas inconexas entre sí pero necesarias a sus ojos. Le gustaba contar con un ramito siempre en casa , supongo que por eso que os contaba de mimar nuestra paz o tal vez era una ejemplo más de ese romanticismo tan particular que defendía como aquel que no contempla ninguna opción más, como el all-in en el poker , como un todo por el todo que no se amedrenta por la réplica.

Empezó a llover y aún no había llegado a destino. Lejos de importarle, su rostro mostró una risueña mueca. Bailaba al compás, disfrutaba del sonido de la gota que se estremece al llegar al suelo, del vaivén de los árboles atraídos por el viento, de las líneas desdibujadas de un suelo donde el agua llega.

Nunca le gustó mucho el término fluir que tan de moda está pero si había que aplicarlo en algún momento, que fuera en éste. Para el resto, siempre evitaba las sorpresas y se agarraba a un planing cuyo único objetivo era llevar de la mano al tiempo.

Giró la calle y su figura se fue perdiendo a lo lejos pero nunca olvidaré la sonrisa con la que me dijo hasta pronto y me invitó a quedarme . – ohyepblog
