«Hay una última vez para todo pero casi nunca lo sabemos» , verdad disparada a quemarropa en una de las cartas de Jesús Terrés .

De esas verdades que reposan tragedia e ilusión en dicotomía consonancia, de esas que te recuerdan que algo tan relativo como el tiempo tiene un peso rotundamente absoluto en nuestras vidas, de esas que reafirman que todo lo que realmente adquiere valor, termina siendo efímero.

Los hielos bailan en el fondo del café con vistas a Plaza Mayor, siempre he sentido cierta admiración por todo aquel que vende su arte a un público que lleva de la mano la prisa y el desasosiego. Aquellos minutos mirando lo que aquel lugar ofrece me cautivan, no lo niego.

Miro con atención al caricaturista colocado en una de las aristas y cómo hace del lienzo en blanco , algo único. Como convierte la nada en belleza y la sonrisa como cierre del después.

Y qué importante es el cómo se mira , aunque únicamente sea por unos instantes.

Hace no mucho, tomé la decisión inamovible de aprovechar el tiempo, hasta el punto de convertirlo en casi una filosofía de vida , un mantra hecho a medida a la sombra del miedo porque es innegable que siempre tendemos a exprimir aquello que creemos que tarde o temprano, partirá. Y si bien es cierto que habrá cosas que se queden en el tintero, quiero regalarme eso.

La posibilidad de recorrer uno a uno los puntos de esa lista de pendientes y de ir tachando , cumplir por y para mí misma. La posibilidad de ver mundo porque así se hace camino, la posibilidad de cambiar , contradecirme, lamentarme y emocionarme por lo que vendrá, la posibilidad de cerrar puertas a aquello(s) que irrumpen y desequilibran esa calma que ya es hogar.

Vuelvo a mirar el fondo de ese vaso de café , recordando el olor del grano recién molido que se ha perdido ya entre el agua .

Cada verano es único , me digo y resuena . Fuerte, con la intención del que persigue algo , con la decisión tras una ruta marcada.

Una estación preparada para darte alas, para recompensar el trasiego de un año donde la rutina , siempre invitada, adquirió protagonismo . Una estación preparada para poner en práctica ese concepto que tan fuerte late tras la palabra fluir, para parpadear ante la puesta en escena , para pedirle al sol una tregua por las calles de Madrid, para seguir el son del vuelo de esa falda donde el rojo y el azul se apoderaron de la tela .

Pido la cuenta mientras soy consciente de que por un momento, he perdido el mando del timón, no he mirado a proa buscando destino porque amarré los motivos para hacerlo a un ancla que ya hace tiempo que dejó de ser lastre en esta travesía , ahora el mapa sólo dibuja las «x» que la ilusión le dicta sin importar ni a dónde ni cuándo llegue.

No hay dos veranos iguales, vuelve a sonar en mi cabeza. Y qué suerte que así sea, sentencio.

– Texto ohyepblog